Por Jorge González
Villa Anacaona, Dajabón, RD.- Después de recorrer una carretera de asfalto y pasar varios controles militares, anduvimos por callejuelas y caminos de tierra que, por tramos, parecían pueblos fantasmas. Luego llegamos, sin dificultad, a Villa Anacaona, la última comunidad dominicana en la zona de Restauración, en la provincia de Dajabón, justo en la frontera con Haití.
Lo primero que divisamos fue una hermosa edificación abandonada, custodiada por un ejército de grandes pinos alrededor de una exuberante vegetación. Era “El Santuario de la Virgen de Fátima” como decía en la tarja de metal pintado de verde que mostraba un degaste progresivo por el paso del tiempo.

Belleza entre escombros
Contemplo la hermosa edificación de madera y zinc que muy a pesar de su imponente belleza arquitectónica clerical, está totalmente abandonada. Este templo debería ser un lugar de peregrinación y no un lugar que se cae a pedazos y solo al cristo crucificado en su lateral norte parece importarle.
Fuentes destruidas, maderas sueltas, maleza, puertas abiertas, sin mobiliario y con un altar casi inexistente.
“El abandono de esa iglesia es un reflejo de lo olvidado que tienen a esta localidad. Aquí no tenemos una autoridad que piense en la comunidad y que se preocupe por tratar de desarrollar esta zona. Aquí el atraso es negocio”, Gumercindo Tavares, lugareño.
Siento indignación al constatar que, siendo un templo religioso de tanta relevancia, carece de vigilancia. Nadie custodia este altar sagrado, el cual debería estar bien cuidado, limpio y protegido del vandalismo que impera en la frontera.

Huellas de la historia
Aunque el templo original data de 1944, en el 2018 el Ministerio de Defensa y La Dirección General de Desarrollo de la Comunidad (DGDC) entregaron a la comunidad este santuario totalmente listo con todas sus áreas remozadas, lo penoso es que como siempre pasa nunca nadie se preocupa ni se interesa por el cuidado de los monumentos renovados.
Origen de la devoción
En mayo de 1917, el destino del tranquilo paraje de Cova da Iria, en Fátima, Portugal, cambió para siempre para tres pequeños pastores: Lucía, Jacinta y Francisco. Mientras custodiaban su rebaño, un repentino destello rasgó el cielo despejado.
Sobre una pequeña encina, se les reveló una hermosa mujer vestida de blanco, cuya figura irradiaba un brillo superior al del mismísimo sol, mientras sostenía un rosario entre sus manos.
Aquella misteriosa señora les pidió que regresaran a ese mismo punto los días trece de cada mes. En una Europa que en ese momento se desangraba por los horrores de la Primera Guerra Mundial, su mensaje portaba una urgencia ineludible: rezar el rosario diariamente para alcanzar la paz global y el fin del conflicto.
Pese al escepticismo generalizado y a las burlas de los vecinos, los pastorcitos mantuvieron firme su promesa.

El clímax de estos acontecimientos llegó el 13 de octubre de ese mismo año. Una multitud asombrada, compuesta por miles de personas, se congregó bajo una lluvia torrencial en Cova da Iria, expectante tras el anuncio de los niños de que la Virgen realizaría un milagro visible para todos.
Fue entonces cuando la tormenta cesó y los testigos presenciaron algo inaudito: el sol comenzó a girar sobre sí mismo, proyectando destellos de múltiples colores y moviéndose de forma errática por el firmamento, para luego simular una caída abrupta hacia la Tierra. Este fenómeno pasaría a la historia como el «Milagro del Sol».
Finalmente, en 1930, el obispo de Leiria declaró formalmente que las apariciones de Fátima eran «dignas de fe», autorizando de manera oficial su culto y consolidando su legado en el mundo.
Llegada devoción a RD
La devoción a la Virgen de Fátima llegó a la República Dominicana en la década del 1950. Fue introducida de forma progresiva por congregaciones religiosas, inmigrantes portugueses y españoles, afianzándose a nivel nacional con la llegada de la imagen peregrina y la posterior consagración de templos.
“Creo que uno o dos 13 de mayo hicieron misa. Después de eso nada. Con el cierre de la carretera Internacional el paso por aquí es muy reducido y eso hace que la cosa en este pueblecito no sea buena, sin movimiento es poco lo que gay que hacer”, Antonia Ogando, comerciante.

